Grecia y Roma


Cuando Aristóteles murió en el año 332 a. C., dejó una considerable biblioteca personal. Para ayudarse en sus estudios, había reunido tantos títulos que, citando a Estrabón el geógrafo, «fue el primero que reunió una colección de libros y quien enseno a los reyes en Egipto como ordenar una biblioteca».

Más tarde, debido a los «avatares de las herencias», la biblioteca de Aristóteles terminó en manos de una familia que vivía en Pérgamo, que «tuvo que esconderse bajo tierra para impedir que fuera confiscada por el rey».

La familia vendió luego los libros a Apelicon, un bibliófilo que se los llevó a Atenas. Luego, en 86 a.C., el dictador romano Sila invadió Atica, saqueó Atenas y, tras la muerte de Apelicon, ocurrida poco tiempo después, se apoderó de los libros y los envió a Roma.

Sila sabía lo que estaba haciendo: la biblioteca incluía obras de Aristóteles y de Teofrasto, su sucesor, que no era posible encontrar en ningún otro lugar. Los libros estaban en un estado terrible, empapados debido a la humedad y comidos por los gusanos, pero en todo caso era posible leerlos, copiarlos y, de esta forma, preservarlos.

La reverencia que Roma sentía por el estilo de vida griego, por su pensamiento y sus logros artísticos, constituye una de las ideas dominantes de la larga era que abarcó su imperio. Cuando hoy en día hablamos de «los clásicos», nos referimos, la mayoría de las veces, a la literatura de Grecia y Roma.

Sin embargo, fueron los romanos los que inventaron la noción misma de los clásicos, la idea de que es importante conservar y aprovechar lo mejor que ha sido pensado y escrito en el pasado. Esta afinidad, no obstante, no debe hacernos pasar por alto la verdadera diferencia entre griegos y romanos en el ámbito de las ideas.

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